Cazar al Dragón
Este es un capítulo de una de las miles de historias que tengo por ahí empezadas y sin terminar y del cuál estoy muy orgullosa.
Deseo que te guste ^^
(Para que veas que se me da fatal escribir poco) XD Este tiene 2800 palabras.
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2. Cazar al Dragón
Cuando Emily apenas tenía seis años, veía a su madre como la mujer más hermosa del mundo. Para ella era la encarnación del ideal platónico femenino. Cuerpo curvilíneo, caderas anchas y tez blanquecina. Tenía unos grandes ojos verdes saltones y pestañas largas y espesas que producían huracanes en los corazones de aquellos hombres que se atrevían a mirarla por más de un segundo.
A la larga, esos huracanes, habían sido los causantes de la desolación de su propio hogar.
Una de las tantas noches que su padre, su madre y su hermana pequeña cenaban juntos, Emily, se puso a imaginar que su madre se moría y se echó a llorar. Ese sentimiento de adoración hacia su madre, cambió poco tiempo después.
Su padre, quizás cansado de los secretismos de su mujer, Marianne, de sus idas y venidas, su mal disimulado alcoholismo y su carmín desgastado noche tras noche, le llevó a tomar la decisión de largarse sin más. Desapareció de sus vidas, obligando a Marianne a trabajar como camarera hasta tarde. Eso ocasionó que Emily y su hermana pequeña, Alexandra, pasaran la mayor parte del tiempo solas o al cuidado de la amargada señora Deborah Witherspoon, que tenía la fea costumbre de atacar la nevera engullendo lo poco que solía haber en su interior.
La Señora Witherspoon, era una anciana viuda que vivía justo en frente. Acostumbraba a comer con impulsividad y a dormirse en el sillón con muecas y sonidos roncos, a los que a Emily le habían parecido siempre que pertenecían a un cerdo con asma. Solía cuidar de las pequeñas mientras Marianne se retrasaba, como de costumbre, cada noche. Llegaba tambaleándose, oliendo a tabaco y sudor, con el carmín marchito y la ropa enmarañada.
Marianne se había dado cuenta de que trabajar no era lo suyo. Es más, había averiguado que era mucho más sencillo abrirse de piernas y que fuera otro quien la mantuviera. Ese genuino descubrimiento, llevó a Emily y a su hermana a padecer la presencia fantasmal de hombres con dudosa reputación a lo largo de toda su infancia.
La relación que antaño había tenido con su madre, se convirtió en un amor-odio que destrozó el alma risueña de aquella niña de seis años que había quedado en el pasado.
A sus diez años, solía ayudar a su madre a recomponerse después de que uno de esos tantos hombres, se la follase y luego se largase sin más; no antes sin armar un escándalo y desapegarse de la zorra de Marianne, como todos ellos solían exclamar antes de salir por la puerta.
Marianne, tirada sobre el suelo, maltrecha, con el rimmel marcando más aún sus ojeras, siempre balbucía los mismos improperios ante la atenta mirada de su hija mayor que, con infinita paciencia intentaba peinar el cabello de su madre o secar aquellas oscurecidas lágrimas negras.
En varias ocasiones, Marianne, se había desquitado con Emily, golpeándola, insultándola, arañando su redondeado y angelical rostro que, en el fondo, envidiaba. Solía culparla de espantar a sus amantes, pues Emily, en su amor-odio hacia su madre, siempre vigilaba y escuchaba a través de rendijas o puertas. A veces lo hacía por curiosidad, otras veces por miedo y otras sin querer; solo estaba en el momento equivocado y el lugar equivocado.
En otras ocasiones incordiaba con frases ingeniosas a aquellos individuos, les robaba el tabaco o abría todas las latas de cerveza y las dejaba vaciarse en el fregadero. Disfrutaba del sonido absorbente del sumidero de la cocina y de las maldiciones posteriores de aquellos hombres que escuchaba con regocijo escondida en su habitación.
Más de una vez se había llevado una bofetada de hombres a los que era incapaz de poner rostro alguno, e incluso de su madre, que la arrastraba después por el pasillo tirando de su cabellera hasta llevarla a su habitación. Marianne, solía encerrarla allí durante horas.
En una ocasión, Emily, estuvo encerrada en su dormitorio durante más de cuarenta y ocho horas, muerta de hambre, con los labios secos y con cardenales en los brazos de tanto golpear la puerta. Bajo esas circunstancias se vio obligada a orinar en una de las esquinas de la habitación, acto que ocasionó que su madre la golpeara por ello hasta hacerla sangrar.
Emily aún recordaba de vez en cuando, la presión de las diminutas manos de su madre sobre su cuello, que la aplastaban contra la moqueta aún húmeda y contra el nauseabundo olor a orina. Los golpes incesantes contra el suelo, a causa de la resistencia de Emily y el ímpetu de Marianne por educar a su hija, consiguieron romper la nariz de la pequeña que comenzó a sangrar a borbotones manchándolo todo a su paso.
Años después, la sangre que derramó aún seguía en aquella esquina junto a la sombra de varias gotas carmesí que recorrían el pasillo hasta el baño, recordándole aquel día, como si de una tortura constante se tratase. A Emily siempre le había asombrado que, su madre, una mujer ahora escuálida y huesuda, pudiera tener tanta fuerza en sus brazos.
Un día de tantos, Marianne llevó a casa a otro hombre. Aquel que lo empeoró todo.
Emily nunca había sabido cuál era su nombre real, sólo había escuchado cientos de veces, el mote por el cuál todos le llamaban. Rufus. Le pareció que iba acorde con él, pelo desaliñado, fétido y con cara de perro.
Rufus, no solo había traído castigos más duros, encerrando a las pequeñas dentro del armario o sacándolas al jardín en pleno invierno, descalzas y sin comer y cerrando la puerta tras de sí; sino que había traído con él algo llamado heroína. Algo que él y sus amigos, que pasaban la mayor parte de su vida en el salón de casa, lo llamaban, cazar al dragón.
Marianne se había convertido en un maniquí automatizado que vagaba por casa con los ojos hinchados, a veces idos, con pasos torpes y con una media sonrisa que a veces la hacía parecer feliz. Fue una época extraña para Emily. A veces tranquila, otras caótica y dolorosa, como un abismo negro que la engullía sin medida. Y otras tantas, como siempre había sido, una mierda.
Un día, Alexandra, había vuelto del colegio más feliz que nunca. Como Emily no solía ir con la misma asiduidad que su hermana, no supo hasta mucho después el por qué de esa felicidad. Alexandra, después de haber pasado por la sala y recogido el teléfono como un fantasma, sin que ningún adulto advirtiera su presencia, se ocultaba como de costumbre en su habitación. Solía cerrar el pestillo por dentro y charlaba por teléfono en susurros, impidiendo a Emily averiguar que tramaba.
Para Emily, Alexandra siempre había sido un fantasma. Un maestro ninja, como solía llamarla con cariño en las pocas ocasiones en las que compartían algo de tiempo juntas.
Alex, se mantenía siempre oculta a los ojos de Marianne o de alguno de sus asquerosos pretendientes, siempre estudiando o quedándose hasta la hora de cerrar en la biblioteca, consiguiendo de esa forma pasar el menor tiempo posible en su casa. Años después, Emily, se daría cuenta de que Alex había sido la más inteligente de las dos. Mantenerse apartada de todo aquello, le había permitido a Alex no sufrir la irascibilidad voluble de su madre y le había proporcionado la capacidad de fingir que tenía una vida normal; no solo hacia toda la gente de la que se rodeaba fuera de aquella casa, sino también para si misma.
Unas semanas después, Emily, cansada del secretismo de su hermana y odiando el que se la viera tan feliz, se enzarzó en una pelea con ella por la posesión del teléfono. Alexandra, quizás por que solía comer casi todos los días en casa de su amiga Sophie, se encontraba mejor físicamente que la escuálida de su hermana mayor y ganó la batalla. Se encerró en su habitación, como de costumbre, cerrando por dentro el pestillo y sin dejar opción a Emily a entrar.
—¡Abre la puerta, Alex! O le diré a Marianne que no me dejas el teléfono—dijo Emily golpeando la puerta.
Alexandra se mantuvo en silencio, enfureciendo aún más a su hermana que la volvió a amenazar mientras, clavándose las uñas en la palma de la mano, se dirigió en busca de Marianne. El salón, por motivos desconocidos y sorprendentes para Emily, estaba vacío, así que con paso acelerado se dirigió hacia el dormitorio de su madre.
Aún encolerizada abrió la puerta de un golpe. La escena que vio en aquel momento la dejó clavada en el suelo. Toda la ira se fue para dejar hueco a una oleada de sentimientos. Asco, vergüenza y miedo.
Marianne extasiada por la caza del dragón, deliraba sobre la cama, adormecida.
Completamente desnuda, soportaba el peso de un hombre al que Emily, había visto en más de una ocasión en el salón de su casa. Este, con los pantalones bajados hasta los tobillos, embestía a Marianne con fuerza ante la viciosa mirada de otros dos individuos. Entre ellos, se encontraba el cara perro de Rufus que, para nada sorprendido de la violenta entrada de Emily, le sonrío a la pequeña con la polla en la mano.
—Hola, Emily—dijo girándose en su dirección.
Ella asustada al ver a su madre de aquella forma, como si de un cadáver no muerto se tratase, enmudeció. Rufus se acercó hacia Emily, sin pantalones, solo con la camiseta puesta y aún con la mano agarrando el sable.
—¿Quieres tocarla?—dijo con una voz aguda tratando de ser encantador y señalando con sus amarillentos ojos su miembro.
Emily se sintió estremecer, algo dentro de ella sabía que no estaba bien, que no debía estar allí. Quiso huir, pero sus pies no reaccionaban. No se movían.
Rufus la agarró del brazo con suavidad y en cuanto los pies de Emily se despegaron de la sucia moqueta, pudo por fin reaccionar. Intentó deshacerse del agarre de Rufus que, ahora su mano ya no era delicada, hacía daño. Le clavaba los dedos en la piel y la zarandeaba con tanta fuerza que la niña cayó al suelo.
Él intentó volver asir a la niña, pero esta se revolvió y fue capaz de golpearlo en los huevos.
—¡Maldita zorra! ¡Eres igual que la puta de tu madre!—dijo ahogándose con su propia saliva, mientras conseguía atrapar a la niña y tirarla de nuevo al suelo, entre chillidos y suplicas que él no quiso escuchar.
—¿Emily?—balbuceó Marianne al escuchar los gritos de su hija pero que, con un golpe seco en la cara que le propinó aquel hombre que seguía embistiéndola como si de un jabalí salvaje se tratase, se quedó atontada de nuevo.
—Voy a darte, lo que llevas deseando desde que entré en esta casa. ¡Estate quieta, joder!—dijo Rufus salivando sobre la pequeña Emily, que aún intentaba con todas sus fuerzas escapar de su apestoso aliento, de su dañina mirada y de sus impacientes garras.
Las sonrisas burlonas de los otros dos hombres se adueñaban de sus pensamientos. No sabía que hacer. Emily solo deseaba salir de allí, alejarse de todo aquello.
Rufus se apoderó de ella y con fuerza desmedida la tiró sobre la sucia moqueta, sujetando ansioso sus delgados y blanquecinos brazos.
En el momento en el que Rufus rasgo la tela de sus pantalones, Emily gritó con todas sus fuerzas aquella palabra que durante cinco años se había negado a pronunciar jamás.
—¡Mamá!
Emily gritó hasta hacerse daño en la garganta. A sus once años resistía con fuerza ante aquella depravación que se había mantenido latente en su vida, pero que había permanecido desconocida para ella hasta ese momento.
Ante la jauría de alaridos molestos que la pequeña provocaba, Rufus la golpeó con brutalidad. Emily sintió como la habitación daba vueltas a su alrededor, se sintió flotar, como si su cuerpo hubiera levitado y se estuviera alejando del suelo. Un sabor metálico anidó en su paladar, un sabor que reconocía bien. Sus pensamientos se volvieron espesos y sus movimientos demasiado débiles. Extenuada por el golpe, no tenía fuerzas suficientes para oponer resistencia.
Sintió como Rufus le desgarraba la ropa, como zarandeaba su cuerpo como si de una muñeca se tratase, moviendo hilos invisibles que la hacían convulsionar.
Cerró los ojos para no ver, para no tener imágenes que recordar. Y en un instante, escuchó como Rufus, junto a otro de aquellos hombres, se caían al suelo en una maraña de sudor y vociferaciones.
—¡Emily! ¡Vete de aquí!—dijo la voz de su madre—¡Hijos de la gran puta!
Abrió los ojos y pudo ver a su madre con la piel magullada golpear a Rufus con el cenicero de vidrio.
Emily con el vómito colisionando en su garganta, se incorporó con movimientos excesivamente lentos, como si el tiempo hubiera cambiado en aquella habitación y las manecillas del reloj que marcaban segundos, fueran en realidad minutos alargados y deformados.
Escuchó a su madre gritar, la vio caer y aferrarse a una de las piernas de Rufus entre alaridos que Emily era incapaz de comprender. El jabalí salvaje propinaba patadas a Marianne con fuerza, obligándola a soltar la pierna de Cara Perro que, se dirigía hacia Emily con ojos desorbitados. Una brecha en su ceja de la que brotaba sangre en abundancia, le daba a Rufus un aspecto aún más temible. Esto, consiguió hacerla reaccionar y abandonó aquel condenado dormitorio a cámara lenta, con los ojos empañados, pero sin derramar ni una sola lágrima.
El tiempo seguía dilatándose para Emily, que trataba de absorber la mayor cantidad posible de información sobre su entorno. Su instinto buscaba un lugar en el que poder estar a salvo. ¿Pero cuál? En aquella casa no había ninguno para ella.
Atravesó el salón llevándose por delante cientos de latas vacías de cerveza que resonaron en toda la casa como campanas anunciando la amenaza inminente.
Rufus, con medio rostro cubierto en sangre y el alma desbocada, consiguió alcanzar a la niña en el salón. La alzó en el aire, tomada por la cintura como si de una bailarina se tratase y la estampó contra el sofá con violencia.
Emily se revolvió entre los desinflados cojines, pero Rufus la sostuvo con fuerza por los tobillos, arrastrándola hacia sí. Ella palpó la tela desesperada, intentando aferrarse a cualquier saliente que pudiera salvarla de ese acercamiento y recogió algo suave al tacto; un pequeño tubo de plástico que culminaba en un afilado aguijón.
Sintió el nauseabundo aliento de Rufus vapulear a su alrededor, que como un hálito de fuego le abrasaba la piel, y decidió sin pensar, clavar la aguja que empuñaba y matar al dragón.
La aguja se hundió con más facilidad de la que Emily había imaginado. El alarido que emitió Rufus la atemorizó y la dejó sin aliento por un segundo. Él soltó a la niña y con los brazos rígidos acercó su mano derecha a la aguja clavada en su cuello. Aquella aguja que tanta satisfacción le había otorgado momentos de éxtasis en el pasado, ahora le hacía temblar de dolor.
Emily se había quedado inmóvil, acurrucada mientras observaba a aquella bestia resoplar, enrojecido, con las venas marcadas y las vergüenzas desinfladas.
El sonido de la extracción de la aguja y la subsiguiente salpicadura sangrante en el rostro de la niña, la hizo convulsionar por completo. Saltó por entre los cojines hasta rebotar por encima del respaldo del sofá y se dirigió hacia el alargado pasillo.
Las zancadas de Rufus resonaron por el corredor. Aquel dragón con cara de perro, había llegado hasta el punto máximo de su locura; se tambaleaba chocando contra las paredes para no perder el equilibrio, acelerando sus pies descalzos y concentrándose en un solo pensamiento. Cazar a su presa.
Emily sabía que en el fondo estaba huyendo hacia un callejón sin salida, pero algo en sus entrañas le impedía dejar de correr. Cuando llegó al final del pasillo y chocó contra la última puerta, se detuvo entre jadeos y volvió a ese estado de dilatación del tiempo.
Giró sobre sí misma, notando como los mechones de su pelo se adherían a la piel. Pasó una mano por su cara; pues la sangre que había emanado del cuello de Rufus al extraer la aguja, le empezaba a escocer en los ojos. Notó como su mano, pegajosa y sucia, sufría una sacudida sísmica que con una velocidad sorprendente recorrió todo su cuerpo. Entonces, llegó la luz.
La puerta se abrió con lentitud, dejando pasar por la pequeña abertura un rayo de luz que alumbró el semblante demacrado de Emily.
Tras la pequeña rendija pudo ver los grandes ojos verdes de su hermana Alexandra. Y sin mediar palabra, ésta, abrió la puerta de par en par.
Emily despegó sus pies del suelo, pesados como dos bloques de piedra y la atravesó con esfuerzo. Las dos hermanas cerraron la puerta tras de sí y chillaron al unísono por el impacto del hombre desbocado contra la superficie de madera.
Sujetaron el portón de su ciudadela juntas. Escuchaban atemorizadas como Rufus escupía insultos y una verborrea de juramentos y amenazas que conseguían atormentar sus jóvenes corazones.
Las niñas chillaban, impulsadas hacia el vacío con cada estruendo quejumbroso, la madera chirriaba y el cerrojo parecía desencajarse. Se miraron temerosas de tan solo imaginar que aquella puerta cediera ante el iracundo Dragón.
Con el corazón encogido al tamaño de un guijarro, sostuvieron la puerta. Sostuvieron las lágrimas y el miedo. Y esperaron.
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