Luna estival
Tenía apenas diez años. Disfrutaba de mis vacaciones en el pueblo. Una aldea de montaña donde el aire olía a recuerdos y tranquilidad.
Todos los años coincidíamos con mi tío José, mi tía Manolita y mis primos Emilio y Cristina. Algunas noches disfrutábamos dando un paseo hasta lo más alto de la aldea, el cementerio. Nada escalofriante, pues era normal y corriente, con lápidas sin alma y geométricas como cajas de cerillas.
Hubo una noche en especial que cambió algo en
mí, en mi madre y en mi primo. Tres personas diferentes, de edades totalmente
dispares.
Nos reunimos en el punto de encuentro de siempre,
después de cenar, y comenzamos a caminar mientras nos contábamos cómo nos había
ido el resto del año. Como el camino era cuesta arriba, parábamos de vez en cuando
para tomar un respiro. Llegamos a la curva de la cabaña. Mi madre y mi primo hablaban
sin parar. Dirigí la mirada hacia la Luna, llena y preciosa, esa mágica canica
que siempre brilla por muy oscura que sea la noche. Pero esa vez tenía algo realmente
hipnótico y brillaba de forma inquietante. Intentaba interrumpir la conversación
en la que ya no era partícipe para que pudieran admirarla, pero no me hacían
caso.
Entonces ocurrió algo que me dejó atónita: De la
Luna comenzó a salir una luz simulando otro satélite idéntico a ella. Como dos
gotas de leche, pero con un matiz sutilmente verdoso.
—¡Dos
lunas! —grité.
La conversación paró y giraron sus cabezas a la
vez. Se quedaron estáticos. Pero la cosa no quedó ahí. A los pocos minutos, de
esa luz surgieron otras dos, una tras otra, y comenzaron a girar y danzar entre
ellas, como un baile de luciérnagas obesas.
Dibujaban figuras y símbolos extraños. Y nosotros
solo podíamos alucinar sin pestañear. Después formaron un gran ojo, pues una de
las luces se quedó quieta mientras las otras dos giraban a su alrededor.
Mi primo fue el primero en buscar una razón
lógica:
—¡Nos
están tomando el pelo! —se
puso a buscar estelas de luz que probasen que alguien estuviese jugando con linternas
de gran alcance.
Pero nadie respondió. Solo se escuchaban grillos
cantando como locos y diversas criaturas nocturnas.
Decidimos continuar el camino. Las luces giraban
sin cesar, y al movernos ellas también comenzaron a seguirnos. ¡Era de locos! ¿Cómo
podían perseguirnos unas luces desde el cielo?
Nos sentimos acosados y al mismo tiempo
emocionados. Mientras avanzábamos, un ruido nos detuvo. Había algo en los
árboles que arropaban el camino. Un sollozo de mi madre nos alarmó e hizo que
acelerásemos el paso. Y, de pronto, ¡ZAS! Una lechuza se abalanzó sobre
nosotros haciéndonos gritar como gorrinos. Mi corazón se puso a mil
revoluciones, pero quería continuar. No podía volver a casa y hacer como si
nada hubiera pasado.
Llegamos al cementerio, y la noche se volvió
muda. Ya no se escuchaban grillos, ni aves nocturnas, ni al sapo partero, ni a
la zorra que grita en la oscuridad. El mundo se detuvo y las luces también. Permanecían
intactas formando un triángulo sobre nosotros. En ese momento entendimos que
debíamos regresar a casa lo antes posible. Bajamos por el camino a paso ligero
y comprobamos que las luces nos siguiesen. Llegamos al núcleo de casas, y ahí
nos separamos.
Yo me dirigí a mi casa a avisar a mi padre y a
mi hermana que estaban viendo la televisión en el salón. Mi madre se desvió a
la casa de mi abuela, donde se encontraban mis tíos y mi prima. Los avisamos y
les pedimos que nos acompañasen para que ellos también presenciasen el suceso
más perturbador de nuestras vidas.
Mi primo, por otro lado, decidió quedarse solo
en la calle, vigilando y asegurándose de que las luces no desapareciesen. Un
chico valiente que no creía en lo paranormal, que siempre buscaba el truco o la
estafa. ¿Quién osaría a engañarle? Pero esas luces le hacían bacilar y no lo
soportaba. La rabia energética de un adolescente aburrido estalló en un grito
hacia el cielo:
—¡Qué
cojones pasa!
Y las luces juguetonas e inofensivas se
volvieron hostiles lanzándose hacia él y frenando en seco, provocando que el
chico incrédulo se cayese de culo al suelo. Después se levantó sintiéndose estúpido,
confundido y aún más asustado que antes.
Mi madre y yo conseguimos atraer la atención de
los demás, pero venían con una actitud burlona riéndose a nuestra costa:
—¡Venga
ya! Parece mentira que no sepáis identificar las luces de un club de alterne —dijo mi tío.
—¿Por esto
nos hacéis salir de casa a las tantas de la madrugada? —continuó mi padre.
Los demás se dejaron envolver por ese manto de escepticismo,
pues como decía mi abuela, es más fácil creer en lo posible que en lo extraordinario.
Las luces comenzaron a alejarse, los demás se
fueron también, y volvimos a quedarnos solos los tres ilusos: Mi madre, mi
primo y yo.
Decidimos seguir las luces, incluso las
llamábamos como si fueran gatos perdidos, pero ya no querían saber de nosotros.
Nos sentíamos rechazados, como si las hubiésemos traicionado. Volvimos a
detenernos donde todo comenzó, en la curva de la cabaña.
Las luces se detuvieron también, de nuevo
formando un triángulo y, en ese momento, nos sentimos tristes sin saber realmente
por qué, como si supiéramos en el fondo que no volveríamos a verlas.
Finalmente surgió un haz de luz inmenso en la
absoluta oscuridad del monte, las absorbió como una aspiradora voraz y, de
repente, todo se volvió oscuro. La noche volvió a cantar, los árboles volvieron
a mecerse con la brisa cálida estival, y nosotros permanecimos unidos, en lo
alto, mirando al vacío.
No pronunciamos palabra alguna. Nos fuimos a
nuestras casas, nos metimos en nuestras camas, y atesoramos en silencio nuestra
gran aventura.
A veces, cuando nos volvemos a encontrar en el
pueblo, como cada verano, nos miramos los tres a los ojos y nos reímos sabiendo
que algo extraño y mágico nos unió aquella noche para siempre.
Me ha gustado muchísimo. Tienes una forma de narrar hermosa y "hogareña". No sé como explicarme... Con hogareña me refiero a: cercana. Es como si te la estuviera contando una amiga. Resulta emocionante e interesante, yo me metí de lleno. Además porque recuerdo que una vez me contastéis la anécdota.
ResponderEliminarMis frases favoritas: "...es más fácil creer en lo posible que en lo extraordinario".
Y: "No pronunciamos palabra alguna..."
La frase que cierra la historia... ¡Chapó!
Hay un momento en el que se produce una cacofonía, en el párrafo después de: ¡Qué cojones pasa! Las palabras son: Seco y suelo. Al leerlo se nota.
Por lo demás está GENIAL de gramática.
A las dos nos pasa lo mismo, que tendemos a separar las frases y párrafos mogollón, y he analizado varios libros, y casi siempre está todo pegado y junto. Se separa o hacen, "separación" con los "sangrados" y la "¿sangría?".
Aunque no sé si hace falta en un blog escribirlo así, ¿no?
Para terminar mi comentario, me gustaría darte las gracias por esta idea tan genial...
¡Gracias por el BLOG!
Te quiere muchito muchón,
Corycunni
Yo sí que te quiero, mi niña.
EliminarJuntas llegaremos lejos, y muy adentro.
¡Hasta el fin!
Gracias por ayudarme a crecer.
Gracias a ti por ser como eres, por apoyarme siempre y por estar ahí. Te adoro!! Juntas siento que podemos con todo!
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